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Buen o mal gobierno

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Un buen gobierno no está asegurado por la liberalidad de sus principios, pero sí por la influencia que tiene en la felicidad de los que obedecen.

José de San Martín (militar y político libertador de Chile y Perú 1778-1850)

 

 Lic. Óscar Rubio García

A propósito de las líneas de la semana pasada, vino a mi mente una reflexión inevitable, relacionada precisamente con el actuar de los gobiernos, su percepción ante la sociedad, sus resultados, el cumplimiento o no de sus compromisos, y al final, su calificativo de “buen” o “mal” gobierno.

Desde mi perspectiva, los conceptos “buen gobierno o mal gobierno” son definiciones muy difíciles de explicar o contextualizar en su dimensión más amplia, la verdad es que siempre se corre el riesgo de que la percepción del ciudadano no sea la que se tiene cuando se está en el poder, me explico, las decisiones que toman las autoridades siempre tendrán dos visiones, la de quienes apoyan dicha decisión y la de quienes estén en contra.

Luego entonces, ya sea en una charla informal o especializada, cuando se menciona que una autoridad “está haciendo un buen papel o un mal gobierno”, seguramente encontraremos en nuestros interlocutores opiniones divergentes, algunas coincidirán y otras no, así que lo anterior, me llevó a concluir que las autoridades en el ejercicio de sus funciones o toma de decisiones, lo que están realizado son acciones que tendrán repercusiones o consecuencias malas o buenas, y que será el tiempo el que otorgará una percepción de “buen o mal gobierno”, el cual será comparable con administraciones anteriores y futuras.

Ahora bien, la diferencia de opiniones o percepciones no debe servir como justificante del buen o mal actuar de los gobernantes ni tampoco los convierten en eso mismo, es decir, el hecho de que sus acciones no siempre satisfagan a todos los ciudadanos, no quiere decir que sean malas, ni tampoco aquellas gestiones que en un primer momento cumplan con las expectativas ciudadanas, convierten a un gobierno en bueno.

Partamos primero de que toda autoridad debe regir su actuación bajo el principio de legalidad, esto es, en total apego al cumplimiento de la Ley, con esa base, su actuación, sea o no popular, seguramente garantizaría el bienestar social.

En Michoacán seguramente han existido buenos gobernantes y buenos gobiernos, desafortunadamente, es evidente que los últimos cuatro gobiernos no han realizado acciones que permitan una estabilidad social, económica y política para el estado y en esta percepción convergen la mayoría de las opiniones, tanto ciudadanas como especializadas.

Aquí es donde se relacionan estás líneas con lo dicho en la entrega anterior, ya que probablemente el comienzo de este mal que nos aqueja no solo sea responsabilidad de los gobernantes, un gobierno es producto de una sociedad, somos los ciudadanos quienes decidimos quién nos gobierna, por tanto, esta dualidad gobierno y sociedad no es separable ni actúa en vías paralelas, pues la existencia de malos gobiernos, como una constante, habla de una población apática, indiferente e indolente, además de evidenciar que nuestra sociedad tiene graves problemas para formular acuerdos y actuar consecuentemente en contra de sus autoridades.

Por ello, es trascendental que la sociedad exija de sus gobernantes la construcción de bases institucionales y organizacionales, mismas que son necesarias para cimentar gobiernos efectivos y eficaces, pues no olvidemos que un gobierno capaz, es aquel que se legitima al final de su mandato con la aceptación y aprobación de la población.

De lo anterior, vale la pena que Usted amiga, amigo lector saque sus propias conclusiones sobre lo que es un “buen o mal gobierno”.